En un mercado saturado de prisa, producción en masa y fórmulas idénticas pensadas para gustar a todo el mundo, nosotros preferimos tomar otro camino. No pretendemos competir con las cerveceras comerciales porque jugamos en ligas completamente distintas: la cerveza industrial y la artesana son dos conceptos que no se parecen en nada.
Sin atajos: La ciencia del tiempo en el obrador
Hacer cerveza sana, limpia y sabrosa no permite atajos. Mientras que la industria busca reducir los tiempos de producción al mínimo mediante filtrados agresivos, aditivos y aceleradores, en nuestro obrador del Pirineo dejamos que la materia prima dicte el ritmo.
El nacimiento de cada lote exige una dedicación manual constante desde el primer minuto:
El carácter del lúpulo: Llevamos el mosto a ebullición durante otros 90 minutos. Es en esta cocción prolongada donde controlamos la densidad exacta y donde los lúpulos integran su amargor y aromas característicos, al tiempo que garantizamos la esterilización natural del líquido antes de enfriarlo en el intercambiador.
La extracción de la materia prima: Comenzamos moliendo la malta preparada para liberar el almidón de su interior. A continuación, mezclamos el grano con agua de montaña a una temperatura rigurosa (entre 64 °C y 69 °C) durante 90 minutos para extraer los azúcares naturales.
Clarificación y paciencia: El filtrado del mosto y el lavado del bagazo nos lleva al menos dos horas de trabajo cuidadoso, asegurándonos de aprovechar al máximo los matices de la malta.
Cuatro semanas de silencio: La fermentación natural
Si la preparación del mosto requiere horas de presencia física en la fábrica, la transformación real ocurre durante las semanas posteriores en los depósitos.
Inoculamos levaduras seleccionadas a una temperatura controlada de 18 °C a 20 °C. Durante una semana completa, la levadura trabaja convirtiendo los azúcares en alcohol. Pero donde la industria suele pasteurizar y acelerar para sacar el producto al mercado de inmediato, nosotros elegimos esperar.
Bajamos la temperatura del depósito a 5 °C o menos y dejamos que la cerveza madure en frío entre dos y tres semanas. Esta calma en el depósito permite que las levaduras precipiten de forma natural al fondo. El resultado es una cerveza limpia, viva, no filtrada y sin pasteurizar que conserva todas sus propiedades organolépticas intactas.
Disfrútala sin prisas y con todos tus sentidos.


